
las fochas arrancan tallos de enea para construir sus nidos flotantes en la orilla resguardada del río, los gazapos salen de sus madrigueras y las golondrinas, llegadas de África, retoman sus charlas de amigas en las alambradas, como viejas conocidas que nunca se han ido del todo
los mirlos, en su urgencia de primavera, elevan el tono y desplazan el canto más contenido de petirrojos y verderones que resisten en segundo plano desde el álamo
mientras tanto, los ánsares se agrupan para iniciar su viaje hacia el norte, antes de partir, recorren con prisa la orilla del pantano, picoteando las briznas tiernas de la sementera, se preparan para cambiar de luz y de paisaje
y en los bordes húmedos, casi desapercibidas, las margaritas siguen abriéndose, ajenas al movimiento, sin ruido, pequeñas y constantes, testigos silenciosos en ese fluir continuo de la vida sin principio ni fin
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