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en la tarde del día mas largo de verano, el paseo discurre entre cunetas resecas donde las avenas se mecen como estandartes dorados bajo una luz que se resiste a desaparecer, mientras, sobre los campos a puntos de ser segados, las cogujadas hacen vuelos rasantes sobre las semillas maduras llenando el aire con sus voces inquietas y ligeras

el paseo se vuelve lento y entre la sequedad del paisaje, el hinojo intensamente verde, perfuma la brisa caliente y ofrece un descanso en la mirada

de regreso,  la luz tardía parece quedarse un momento más sobre los campos

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observo esta orquídea blanca y me invade una extraña incomodidad, su simetría es tan impecable que roza lo artificial, su perfección es tan absoluta que, en lugar de conmoverme, me aparta

sé que ella no eligió esta quietud, pero su superficie intacta, sin un solo rastro de viento, polvo o deterioro, se me vuelve ajena, una presencia sin alma

esa perfección pulcra me genera una fría desconexión, sin la huella del tiempo  que me permita descifrar que la vida realmente fluye ahí dentro, me resulta difícil emocionarme,  falta el error, el daño, el hermoso desorden de la transformación

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la gardenia blanca modelada por el sol, el viento y la lluvia  ha dado paso a la otra belleza de líneas rotas y bordes crujientes que no es ordenada ni pulida, que no siempre brilla y que siempre susurra en la sombra

el orden perfecto es estéril,  la vida es orgánicamente desordenada

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nada alcanza un punto fijo, nada aparece de golpe, nada se detiene, nada termina del todo

todo cambia de forma 

todo continúa avanzando

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de pronto el aire trae un aroma que nos atrapa y antes de que hayamos tenido tiempo de reflexionar, antes incluso de poder dar nombre a lo que acabamos de sentir, nos detenemos un instante suspendidos en un recuerdo fugaz que creíamos olvidado, no como una idea o un relato, sino como una presencia física que reaparece por un instante dentro de nosotros

ese momento contiene la prueba de que no sólo somos mentes que ponemos palabras y relatos a nuestro recuerdos, somos cuerpos que guardan la huella de lo que ha sido vivido y a veces olvidado por nuestra conciencia pero nunca borrado del todo

esta memoria difusa, mas corporal, mas difícil de captar, se manifiesta como un pequeño escalofrío ante una situación, una tensión repentina, una relajación ante alguien presente o tal vez una alteración de la respiración por algún sonido o palabra, el cuerpo responde con unas señales sutiles que llegan desde el interior como una forma de conocimiento más profundo

esta clase de memoria, no pide permiso a la conciencia para actuar, es el cuerpo que recuerda

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en el capullo, la forma esperaba

en la flor abierta, se entregaba por completo a la luz y a la polinización


ahora en el tercer movimiento, llega el repliegue y la energía vuelve al interior para madurar las semillas, lo visible dura poco, el proceso permanece

la naturaleza no separa nacimiento, plenitud y desaparición, los une en un mismo movimiento continuo, silencioso y minuciosamente ensayado

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en el punto exacto de maduración, en el vacío y sin distracciones, ella queda sola con la intensidad del rojo, la fragilidad de sus bordes y la simetría de una corola que se abre como un acto de valentía

al eliminar el campo y el paisaje, la aislamos de su destino como «mala hierba» para obligarnos a mirar lo que intentamos erradicar, solo queda la observación de su forma y su color en estado puro, el retrato de una resistencia silenciosa que florece donde no se la espera

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los pétalos se pliegan con extrema delicadeza dentro del capullo con un patrón de doblado característico y, al abrirse, conservan las marcas profundas que recuerdan su origen
las cicatrices no desaparecen, las arrugas son parte de su historia

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es fácil percibir la belleza de esta peonía silvestre si la asociamos a lo nuevo, joven, intenso, llamativo, pero al hacerlo esa belleza se vuelve rígida porque todo lo que se aleja de ese canon se entiende como pérdida , sin embargo si miramos la belleza como algo que solo puede darse en el momento presente deja de ser una cualidad fija y pasa a ser una relación entre lo que está en ese momento y la forma cómo la observamos 

decir que la perfección solo puede darse en el momento presente no significa que exista un instante ideal al que haya que aspirar, sino que cualquier idea de perfección fuera del ahora es siempre una construcción mental: un recuerdo o una expectativa

por ello os traigo el siguiente momento de la flor, el del marchitamiento, lo que varía no es solo su apariencia, sino su lenguaje, ya no habla de expansión, sino de retirada, ya no es tensión y apertura, sino repliegue, fragilidad, transformación

si seguimos buscando en ella el color brillante o la simetría absoluta, la veremos como algo que ha perdido valor pero si ajustamos la mirada a ese momento aparecen otras cualidades: la complejidad de las formas que antes no se veían, texturas más ricas, menos uniformes, tonos apagados que contienen más matices…

lo que cambia entonces no es el objeto, sino el criterio, la belleza, entonces, deja de ser espectáculo y se convierte en equilibrio entre forma y momento y cuando uno empieza a mirar así, no solo cambia la percepción de una flor marchita, sino la relación con todo lo que envejece, se transforma o se aleja de lo esperado

no trato de “forzar” a ver belleza donde no la hay, sino de dejar de exigirle a lo que vemos que cumpla un ideal previo, su forma actual es tan perfecta como lo fue su apertura 

olvidemos lo que fue antes o será mañana, la intención aquí no es buscar lo bonito, sino estar dispuesto a reconocer que lo que está en el momento presente sin compararlo, está completo

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